Páginas de oferta que convierten y páginas que espantan
Casi todo el esfuerzo de una campaña se va en el anuncio: la foto, el texto, el público, el presupuesto. Y luego ese anuncio lleva a una página que nadie ha revisado desde el año pasado.
Es un reparto de atención absurdo, porque la página es donde se decide. El anuncio solo consigue que alguien llegue. Lo que pasa en los siguientes ocho segundos es lo que separa una campaña rentable de una que solo gasta.
El error que más caro sale: mandar todo a la portada
Es el fallo número uno y el más fácil de arreglar. El anuncio promete un producto concreto con un descuento concreto, y al pulsar aparece la página de inicio, con el menú, las secciones de siempre y ni rastro de la oferta.
Quien llega tiene que buscar otra vez lo que ya había encontrado. Una parte lo hace. La mayoría se va, y ese clic ya lo has pagado.
Cada oferta necesita su propia página, y esa página tiene que empezar exactamente donde acababa el anuncio: mismo producto, mismo precio, misma foto si es posible. La continuidad visual entre anuncio y página es lo que hace que la persona sienta que ha llegado al sitio correcto.
Los primeros ocho segundos
Sin hacer scroll, en un móvil, tienen que estar cuatro cosas:
Qué es, con una foto que se entienda y un titular que no sea creativo sino descriptivo. Este no es el momento de los juegos de palabras.
Cuánto cuesta, con el precio anterior al lado. Esconder el precio para que alguien pregunte es una táctica que en campaña no funciona: la gente compara y se va.
Hasta cuándo, con fecha concreta. Es lo que convierte «me lo pensaré» en «lo miro ahora».
El botón, visible sin buscarlo. Y otra vez más abajo, al final del texto, porque quien ha bajado leyendo está más convencido y obligarle a subir pierde gente.
Lo que hunde una página de campaña
El menú completo arriba. En una página de oferta, cada enlace del menú es una salida. Quitarlo o reducirlo a lo mínimo sube la conversión de forma medible.
El formulario largo. Cada campo de más es gente que abandona. En campaña, pide lo justo para poder responder y el resto pregúntalo después.
Las dudas sin resolver. Plazo de entrega, gastos de envío, devoluciones, tallas o medidas. Si la respuesta está en otra página, mucha gente no va a buscarla: se va.
El ruido. Ventanas emergentes, chats que saltan solos, banners de cookies que tapan el botón. Todo lo que se interponga entre la persona y la compra durante una campaña está costando dinero real.
La lentitud. Ya lo hemos dicho, pero es el que más silenciosamente mata: una página que tarda cuatro segundos en móvil pierde a una parte de la gente antes de que vea nada.
Lo que sí sube la conversión
Reseñas cerca del botón. No en una sección aparte al final, sino junto al precio, que es donde aparece la duda.
Fotos de verdad. Producto real, en uso, con referencia de tamaño. Las imágenes de catálogo genéricas convierten peor que una foto propia bien hecha.
Una garantía visible. Devolución sin preguntas, garantía ampliada, prueba sin compromiso. Reduce el riesgo percibido, que es lo que frena a quien no te conoce.
El stock, si es limitado. Un número concreto de unidades funciona. Un «últimas unidades» permanente, no.
Pruébala como la va a ver un cliente
Antes de lanzar, abre la página en tu móvil con datos móviles, no con wifi, y recorre el camino entero hasta el final: mirar, añadir, rellenar, pagar o enviar. Cronométralo.
Ese recorrido revela más problemas en cinco minutos que cualquier análisis. Y hazlo con el móvil de otra persona además del tuyo: el tuyo tiene tu sesión iniciada, tus datos guardados y tu caché, y esconde justo los fallos que sufre un desconocido.
Después de la campaña
La página de oferta no debe quedarse colgada con el descuento caducado. Decide desde ahora qué pasa el día siguiente: se actualiza al precio normal, se redirige al producto o se quita.
Una página de campaña con la fecha vencida es de las cosas que más sensación de abandono transmiten, y sigue apareciendo en Google durante meses.
Una página, un objetivo
La tentación en campaña es aprovechar el tráfico para todo a la vez: vender el producto, captar suscriptores, enseñar el resto del catálogo y pedir que te sigan en redes.
Cada objetivo adicional resta al principal. Si la página tiene un botón de compra, un formulario de boletín, tres iconos de redes y un carrusel de productos relacionados, la atención se reparte y ninguna de las cuatro cosas sale bien.
Elige una acción. El resto puede esperar a la página de agradecimiento, que es donde de verdad conviene pedir el correo o el seguimiento: ahí la persona ya ha hecho lo importante y está receptiva.
Qué hacer con quien no compra
De cada cien personas que llegan a una página de campaña, entre noventa y cinco y noventa y ocho se van sin comprar. Ese es el número normal, no un fracaso.
Lo que separa una campaña rentable de una cara es qué haces con esas noventa y cinco. Dos cosas funcionan y las dos se preparan antes: tener puesto el píxel para poder volver a enseñarles el anuncio, y ofrecer algo que no sea comprar —una guía, un aviso de reposición, un descuento para más adelante— a cambio del correo.
Sin eso, cada visita que no compra es dinero que se evapora. Con eso, es una lista para diciembre.
La revisión de cinco minutos antes de lanzar
Abre la página y responde: ¿se entiende qué vendo sin scroll? ¿Se ve el precio? ¿Está la fecha de fin? ¿Funciona el botón? ¿Está resuelto el envío y la devolución? ¿Carga rápido en móvil con datos?
Seis preguntas. Si alguna falla, arréglala antes de gastar el primer euro en anuncios.
Una página de oferta es un caso particular de algo más general: qué tiene que hacer la primera pantalla que ve alguien. Sobre eso, la home no es el escaparate, es la puerta. Y si hay que rehacerla entera, es diseño web en Lleida.